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DON CARLO | Valencia

Descripcion del evento

ÓPERA · VALENCIA

Una profunda reflexión sobre el deber y el querer, el amor y la obediencia, el pueblo y su gobernante, la creencia y la superstición. El cruce definitivo entre un padre y su hijo en el grandioso marco del imperio español como tema universal.

ACTO I

cuadro I

Claustro del Monasterio de Yuste. Un grupo de frailes reza en el interior de la capilla por el eterno descanso de Carlos V. En el exterior, postrado ante la tumba del emperador, un fraile hace su particular oración. Está a punto de hacerse de día y el príncipe Don Carlo, infante de España, huelga perdido por el claustro del monasterio mientras escucha a lo lejos los salmos que entonan los monjes. Se detiene a meditar y recuerda con nostalgia aquel día en que conoció Elisabetta di Valois (Isabel de Valois) en el bosque de Fontainebleau y se enamoró perdidamente. Ella estaba destinada a ser su esposa, pero el fin de las hostilidades entre Francia y España (Paz de Cateau - Cambrésis), sellada por medio de un acuerdo matrimonial por el que el rey Filippo II (Felipe II) contraía matrimonio con Elisabetta di Valois, hija del rey Enrique II de Francia, truncó el compromiso del niño con la hija del monarca francés. Don Carlo sigue enamorado de la que ahora es su madrastra y culpa a su padre, el rey Filippo II, de haberle destrozado el corazón. Un monje misterioso acerca al niño con intención de consolarlo, y al poco tiempo desaparece con el repicatge de las campanas. El príncipe queda aterrado en creer que lo que ha visto es un espectro de Carlos V. Aparece Rodrigo, Marqués de Posa y gran amigo del niño. En la conversación que mantienen, Don Carlo confiesa su pasión secreta por la reina. Rodrigo muestra su comprensión y le aconseja que se vaya hacia Flandes; sólo allí, entre los súbditos, aprenderá a ser un verdadero rey y, sólo así, olvidará ese amor imposible que le atormenta. Los reyes, acompañados por el cortejo, cruzan el claustro y se detienen por un momento ante la tumba de Carlos V. Elisabetla di Valois y Don Carlo cruzan por unos instantes sus miradas y se emocionan. Los reyes entran en la capilla y Rodrigo consola el príncipe. Los dos amigos se juran fidelidad y amistad eterna.

cuadro II

En los alrededores del claustro, damas de la reina, pajes y la princesa de Eboli esperan la llegada de la soberana mientras entonan una alegre canción. Elisabetta di Valois sale del claustro, con una cierta tristeza en el rostro. Aparece Rodrigo, el cual, con el pretexto de entregar a la reina una carta de su madre, Catalina de Médicis, reina de Francia, aprovecha para incluir discretamente una nota de Don Carlo en la misiva. Elisabetta di Valois, un poco temerosa, lee la nota mientras Rodrigo conversación con la princesa de Eboli. El marqués de Posa solicita de la reina una entrevista a solas con el niño, a lo que ésta accede, a pesar de que duda de la conveniencia de este encuentro por respeto al rey. Cuando llega Don Carlo, el cortejo que acompaña la reina comienza a retirarse disimuladamente hasta que se quedan los dos solos. El príncipe suplica a su madrastra que interceda por él ante el rey para que le permita ir a Flandes, pero la conversación se desvía a una apasionada declaración de amor de Don Carlo a la reina. La entereza y la frialdad de Elisabetta di Valois ante el arrebato incontrolado del niño provocan que este huya asustado.

Filippo II sale del claustro del monasterio. El monarca, al advertir que la reina se encuentra sola, ordena la expulsión de España de la condesa de Aremberg, ya que ha incumplido la orden real según la cual la reina debe estar acompañada permanentemente. Elisabetta di Valois conforta la desventurada y, después, todos los presentes se retiran y el rey se queda a solas con el marqués de Posa. El monarca agradece la lealtad que le profesa Rodrigo y le abre el corazón. Esta muestra de confianza es aprovechada por el súbdito del rey para exponer la delicada situación política que se vive en Flandes, pero el soberano rechaza lo que considera ideales irrealizables y le transmite que lo que en realidad le preocupa es la sospecha de una posible relación entre la reina y Don Carlo. El rey pide a Rodrigo que los vigile y le advierte que vaya con cuidado con el gran inquisidor.

ACTO II

cuadro I

Un lugar apartado en los jardines de la reina en el alcázar de Madrid. Es de noche y el niño espera el encuentro al que ha sido convocado por medio de una nota que él sospecha que es de Elisabetta di Valois. Ataviada con las joyas y el antifaz de la reina, se aproxima la princesa de Eboli (Elisabetta di Valois es la anfitriona de la fiesta que se celebra en los jardines reales; se sentía cansada y antes de retirarse había prestado a la princesa de Eboli parte de su indumentaria para que ésta hiciera el papel de reina ante los invitados y éstos no notaron la ausencia de la soberana).

Don Carlo declara apasionadamente su amor a la dama. La princesa de Eboli se siente gratamente complacida, ya que ama en secreto el niño y ha sido ella quien ha escrito la nota. Cuando se quita el antifaz y Don Carlo comprende la confusión de que ha sido objeto, muestra rechazo. Ella no tarda en darse cuenta del secreto y jura venganza. Aparece Rodrigo e intenta calmar la despechada princesa de Eboli, pero esta se va furiosa tras amenazar de revelar todo al rey. Rodrigo pide a Don Carlo que le confíe toda la documentación comprometida que tenga en su poder.

cuadro II

Una gran plaza frente a la iglesia de la Virgen de Atocha. La multitud comienza a invadir el lugar y se prepara para asistir a un acto de fe posterior a la ceremonia de coronación del rey. Filippo II sale de la iglesia y es recibido por el pueblo, que se inclina ante su presencia. Don Carlo presenta seis diputados flamencos que suplican al rey que termine el derramamiento de sangre en Flandes, pero el monarca ignora las peticiones y el alterado niño acaba desenvainando la espada y autoproclamándose liberador de los territorios oprimidos por España. Filippo II ordena que el desarman, y es el marqués de Posa quien finalmente cumple la exigencia del rey, ante la sorpresa de todos los presentes. Restaurado el orden con la detención de Don Carlo, se inicia el acto de fe. Cuando las hogueras se encienden, una voz celestial da la bienvenida a las almas de los condenados.

ACTO III

cuadro I

Despacho de Filippo II en el palacio. Se hace de día. El monarca medita sobre su vida y se siente afligido porque el balance es triste y desolador: la reina no la ama y su hijo se ha rebelado en público contra él. El gran inquisidor entra en el despacho, convocado por el mismo rey. Filippo II quiere asegurarse de que obtendrá el perdón divino si castiga a su hijo con la muerte. El gran inquisidor, una autoridad eclesiástica fanática y cruel, aclara las dudas del monarca y lo convence para que sea inflexible con su hijo y el sacrifico; más aún: quiere que le entregue también el marqués de Posa, a lo que el monarca se niega en redondo.

Después de irse el gran inquisidor, la reina irrumpe agitada para exigir justicia: el cofre donde guarda sus joyas ha desaparecido. Filippo II muestra el cofre a la reina y ante la negativa de ella a abrirlo, fuerza el cerrador y descubre en el interior el retrato del niño. Fuera de sí, el monarca acusa de adulterio su esposa, que se desmaya horrorizada. A la petición de socorro del rey acuden la princesa de Eboli y Rodrigo. Más sereno, Filippo II se convence de la inocencia de la reina. Cuando quedan a solas Elisabetta di Valois y la princesa de Eboli, esta confiesa su doble traición: es ella quien la ha acusado de adulterio ante el rey y, además, ha sido amante del monarca. La reina le da a elegir entre el destierro o el convento y abandona la estancia. Sola con sus remordimientos, la princesa de Eboli se maldice por su belleza y la traición a la reina. Cuando recupera la calma, piensa que todavía está a tiempo de salvar Don Carlo, por lo que urdir un plan para ayudarle a escapar de la prisión.

cuadro II

El niño se encuentra en el calabozo y recibe la visita de su amigo Rodrigo, que acude para reiterarle su fidelidad y transmitirle que en breve lo salvará del presidio. Además, le cuenta que la reina irá a Yuste a despedirse de Don Carlo antes de que este se vaya a Flandes. El marqués de Posa ha declarado como suyos los documentos del niño que tenía en su poder y que le han sido confiscados. Por ello, comenta a su amigo que la Inquisición está detrás de él y le queda poco tiempo. Dos oficiales del Santo Oficio, que se han introducido silenciosamente en la cárcel, disparan y hieren de muerte Rodrigo, el cual expira en brazos del niño haciéndole prometer antes que salvará Flandes. A continuación llega Filippo II dispuesto a reconciliarse con su hijo, pero este lo rechaza horrorizado. Se siente revuelo en la calle provocado por la multitud que clama libertad para el príncipe. En esta situación de confusión, instigada por la princesa de Eboli, Don Carlo huye poco antes de que llegue el gran inquisidor, que con su imponente presencia consigue calmar la rebelión.

ACTO IV

Claustro del Monasterio de Yuste. Es de noche. La reina espera el encuentro con el niño mientras reza ante la tumba de Carlos V y medita sobre los días felices de su juventud en Fontainebleau. Aparece Don Carlo, que viene a despedirse de su madrastra antes de partir a Flandes, pero son interrumpidos por el rey y el gran inquisidor, que pretenden capturar los amantes. Acosado por las tropas de la Inquisición, Don Carlo intenta defenderse, pero la repentina aparición del fraile misterioso paraliza la escena cuando los presentes reconocen en su figura del emperador Carlos V, que arrastra Don Carlo hacia la oscuridad.

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